domingo, 17 de enero de 2010

EL HAMBRE QUE NOS ALIMENTA






Por Vicente Romero

Es imposible hacer gradaciones en la pobreza. ¿Qué diferencia a los pobres de los más pobres y de los extremadamente pobres? Ya es difícil establecer la línea donde comienza la pobreza, calcular a partir de qué carencias se es pobre y desde qué puntos mínimos se deja de serlo. Si valorar la riqueza resulta complicado, contabilizar lo que no hay, aquello de lo que no se dispone para satisfacer las necesidades más elementales del ser humano, es una tarea absurda. Los criterios reguladores de pobreza y riqueza se condicionan mutuamente. Y ambos conceptos son radicalmente diferentes en distintos rincones del planeta. Porque con el contenido del cubo de basura de una familia pobre norteamericana podría alimentarse una familia pobre boliviana o sobrevivir diez familias pobres sudanesas. Y quienes son considerados ricos en Pakistán no alcanzan el nivel de vida de la clase media en Alemania. Tal vez sólo quepa definir la pobreza como hace Jon Sobrino ‘en relación a algo sumamente negativo: la ardua dificultad de dominar la vida en lo más elemental de ella.’ Desde ese punto de vista, la frontera extrema de la pobreza estaría en la falta de agua y alimentos para subsistir, o sea en el hambre.

En ese estadio, las personas se ven condenadas a una absoluta impotencia y su inevitable pasividad se traduce en una entrega total a la no-vida, a una agonía prolongada que conduce a la extinción. Es una situación crónica, admitida como límite de lo éticamente y --sobre todo-- estéticamente tolerable por los poderosos, que administran una economía globalizada. Naciones enteras se encuentran ancladas en esa última frontera, con cientos de millones de sus habitantes en condiciones infrahumanas, manteniendo un frágil equilibrio en el filo del cuchillo que separa la supervivencia indigna y la extinción. Sólo cuando algún factor exógeno --generalmente una alteración en el clima o una guerra-- precipita la crisis, haciendo que la muerte se extienda de forma masiva y que el lento goteo de muertes se acelere hasta desbordar las cifras consideradas como aceptables, se produce el escándalo mediático internacional. Entonces reaccionan las grandes agencias humanitarias, que acuden a ofrecer una ayuda de urgencia para recuperar la precaria situación anterior, sin plantearse jamás formas de impulsar posibles soluciones definitivas para las causas de fondo del hambre.

No cabe considerar como demagogia la afirmación de que la administración del hambre ajena nos da de comer. Al menos parece indiscutible que la gestión internacional de los problemas de la alimentación mundial contribuye a incrementar la dieta excesiva de los países enriquecidos. ‘Si no se acaba con la pobreza es porque no interesa --afirma Ángel Olaran-- El hambre es un genocidio programado, tolerado. Hay que llamar a las cosas por su nombre. Y si las palabras han llegado a perder sentido, habrá que inventar un idioma nuevo.’

Padre Blanco destinado en Wukro (provincia de Tigray, norte de Etiopía), Olaran sabe lo que se dice. Lleva dos décadas librando un combate desigual contra los males derivados de la pobreza en una de las regiones más olvidadas de uno de los países más castigados de África. Sus opiniones son radicales, pero brotan con palabras sencillas desde una actitud de serenidad. Físicamente consumido por una actividad incesante, piel cansada sobre huesos, su discurso está empapado de indignación aunque evite perder tiempo en articularlo sobre planteamientos teóricos. Su teología está en la acción y se anuncia por medio de hechos, sin grandes postulados, aunque de su actuación se infieran posiciones de gran lucidez, asimilables a determinadas corrientes de pensamiento crítico en el cristianismo. Porque habla de la Iglesia como lo que no es: una voluntad de servicio a los pobres, a los desamparados, relegando las cuestiones de la liturgia --‘aunque formen parte de la cultura católica’-- a un distante segundo plano. Y explica, como Jon Sobrino, que ‘en los pobres está la verdad humana.’ Bromea asegurando que ‘cuando Dios hizo el mundo, algo le salió mal; un amigo mío dice que no puede morirse, porque Dios no está preparado para escuchar las críticas que tendría que hacerle...’ Pero opta por aplazar debates mayores, argumentando que prefiere dedicarse a trabajar en la solución práctica de algunos de los graves problemas que lo rodean.

Una mañana Ángel nos llevó a filmar el comedor infantil donde veintitantas mujeres, sentadas en el suelo con bebés famélicos en brazos, aguardaban a que alguien les llenara las escudillas con un engrudo nutritivo . Agachado entre los hambrientos, el misionero acariciaba a los críos mientras hablaba con las madres, interesándose por la evolución del frágil estado de salud de cada familia.

-- Este niño se llama Ashenafid, lo que significa ‘el que ha vencido’--explicó-- pero supongo que éste nunca llegará a vencer, porque se encuentra en situación marasmática, por debajo del 60 por 100 del peso que debería tener. Cuando los niños llegan a esta situación, ya no comen. No tienen fuerzas para reaccionar conforme a los instintos primarios.

Con los ojos muy abiertos pero sin expresión en su rostro, el pequeño rechazaba la papilla escupiendo las cucharaditas que su madre lograba meterle en la boca. El veterano Padre Blanco lo tomó en brazos y, haciendo una mueca de impotencia, reconoció que aquel reparto cotidiano de alimentos básicos ‘nunca servirá para impedir que la desnutrición afecte al desarrollo físico y mental de los niños.’ Porque el déficit de proteínas, que sufren desde antes de nacer y durante sus primeras semanas, los condena a quedar disminuidos para siempre. ‘Cuando llegan aquí ya es demasiado tarde para que puedan tener una vida normal, dentro de la miseria que los rodea.’ Una miseria que impone como obligación que los críos, antes de salir del comedor, consuman la mayor parte de las raciones distribuidas. Porque si las mujeres se las llevaran a sus casas acabarían repartiéndolas entre sus otros hijos, en detrimento de los más pequeños, dado que instintivamente siempre tratan de beneficiar a los que tienen más posibilidades de salir adelante. Y en los pocos casos donde existe un padre, éste se apoderará de ellas para venderlas o cambiarlas por leña o ropa, cuando no por tabaco o alcohol.

La misión de Saint Mary proporcionaba alimentos a centenar y medio de niños tres veces al día. Pero sólo en la pequeña ciudad de Wukro y sus alrededores había más de 4.000 en situación crítica, mientras el 80 por 100 de la población infantil sufría las consecuencias de una desnutrición severa. Sin embargo ello no significaba que se hubiera declarado la hambruna en Etiopía. Las alarmas habían sonado a tiempo, antes de que el número de muertos por inanición se disparase, y la ayuda internacional logró mitigar la catástrofe. El hambre no era más que una enfermedad crónica y las cifras de sus víctimas en la región permanecían dentro de los límites de lo admisible.

-- Es una situación que se mantiene desde hace años y años, aunque parece que el mundo no lo sepa. A Etiopía se la conoce en el mundo por la hambruna de 1985, que en el calendario local equivale a nuestro 1992. Ahora se ha vuelto a hablar de ella, por esta situación puntual de amenaza de hambre. Pero lo que existe permanentemente es una pobreza profunda, una miseria que ya está echando raíces. La situación es tan grave que esta pobre gente se alegraría de que volviera a declararse una hambruna como aquella, porque saben que atraería la atención internacional y empezarían a recibir ayuda, alimentos. Algunos escritores anónimos etíopes han llegado a bendecir la hambruna, argumentando que gracias a ella se pudo comer todos los días, porque el trigo llegaba a paladas. Pero si no hay una tragedia colectiva, el mundo se olvida de estas gentes, que siguen sin comer o malcomen. Y de ese malcomer se deriva lo que veis aquí: el hambre crónica de nuestros niños.

Cuando las mujeres se retiraban, una cría de cinco a seis años --la desnutrición hace que los niños no aparenten la edad que tienen y resulta muy difícil calcularla-- se descuidó mirando a la cámara de Jesús Mata, tropezó y dejó caer al suelo una tartera de plástico, derramando la papilla que llevaba. Alterada por la pérdida de aquel tesoro, su madre comenzó a golpearla en la cabeza. Los gritos resultaron insoportables para quienes nos sentíamos culpables de haberla distraído, así que la tomé en brazos y la conduje nuevamente hasta el comedor con intención de reponerle la ración que había tirado. Pero ya no quedaba nada de aquel humilde preparado alimenticio y solo pudimos encontrar un poco de leche en polvo para que tuviera algo que llevarle a su madre. Las cantidades distribuidas son las justas sin que jamás sobre ni se pierda un solo gramo de harina.

-- Esto clama al cielo. Pero más que al cielo, aunque también, clama a Occidente. Clama al primer mundo, a los países más ricos. Porque es incomprensible, es absurdo, es injusto y pon los apelativos más duros que quieras, que ese primer mundo esté exigiendo al mundo de aquí, al mundo pobre de Africa, que le pague las deudas de un capital que ya han sido pagadas sobradamente. Ello supone privar de comida a estas criaturas, quitarles el pan para incrementar el continuo banquete de los más ricos en Europa o Norteamérica. Es una actitud criminal. Es como un genocidio organizado a nivel internacional, que clama a la Humanidad. Y, sin embargo, el día que nos falte gente como ésta, que aún tiene capacidad de acoger, de sonreír, de perdonar y de compartir lo poco que tienen, va a faltar una referencia muy importante para la Humanidad. Porque Europa o América han dejado de ser referencias. La miseria es inhumana pero los valores morales que tiene esta gente, su dignidad humana, están redimiendo al primer mundo.

La indignación hacía que Ángel vacilara al hablar, como si no encontrase las palabras precisas para expresar sus sentimientos con la fuerza necesaria. Caminamos hacia la misión de Saint Mary cruzando junto a un enorme templo todavía en obras. Desproporcionado respecto al número de católicos de Wukro y verdadero monumento a la soberbia católica, su aspecto magnífico resultaba tan provocador como una blasfemia, cuando tantas necesidades urgentes rodeaban sus muros. ‘Qué despropósito, ¿verdad?’ comentó el padre Olaran. Muy cerca, en un patio de las dependencias eclesiásticas, un centenar de mujeres cargadas de niños muy pequeños --demasiado pequeños-- aguardaba ante la puerta cerrada de una pequeña oficina. En su interior un pagador parroquial se disponía a iniciar el reparto de ayudas económicas a las familias más necesitadas. Cada una recibiría un puñado de birs, la moneda local, en billetes muy viejos y de escaso valor al cambio en euros, pero que para ellas representaban seguridad alimentaria. Nos llamó la atención la presencia de numerosas parejas de mellizos, un fenómeno muy frecuente en la zona, como si la Naturaleza tratara de doblar su apuesta para contrarrestar la elevada mortandad infantil, haciendo que muchas madres parieran los hijos de dos en dos.

-- Todas estas mujeres viven lejos de Wukro. La distancia y la falta de medios de transporte les impide traer a sus hijos todos los días al comedor infantil, así que vienen una vez al mes y les damos algo de dinero para que puedan comprar alimentos. No mucho, entre doce y veinte euros según las circunstancias de cada una. Pero hay que considerar que, en esta región, hay familias de seis o siete miembros que sobreviven con menos de veinte euros mensuales. Las clientas fijas son unas doscientas. La mayoría ha tenido que caminar largas horas, a veces haciendo noche en el camino, para llegar aquí con algunos de sus niños a cuestas. Porque las obligamos a traer a los niños al centro de salud. Para cobrar tienen que haber pasado antes por el consultorio médico donde se vigila el peso de los críos y se les facilitan los fármacos que puedan necesitar. Así conseguimos la garantía de que, por lo menos una vez al mes, los niños reciban la atención médica indispensable. ¿Qué es lo que hacen con el dinero que les entregamos, con la comida que compran? Lo cierto es que se enfrentan a un problema tan enorme como es la supervivencia de sus hijos. Porque, además de los que traen consigo, todas tienen más criaturas, y han dejado en casa a otras cuatro o cinco. El poco dinero que les entregamos es para todos. Pero seguramente no les alcance. Y lo más probable es que lo dediquen a alimentar mejor a los mayores, que ya han tirado para arriba.

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